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¿Viajar 1.000 kilómetros con un Nissan Leaf y no morir en el intento es posible?

Por solo 4,60 euros, viajamos de Madrid a Santander con un Nissan Leaf. Un viaje lleno de aventura, recargas y compañeros de carretera eléctricos.

Este viaje surgió como un reto personal. Realmente, en 2019 ¿se puede viajar con un coche eléctrico por España y no morir  de “sobrecarga” emocional? Con el permiso de Tesla y su red de supercargadores (compatibles solo con sus coches) para esta e-aventura, elegí el coche eléctrico más vendido de la historia (hasta la llegada del Tesla Model 3 y el chino BAIC EC-series): el Nissan Leaf.

Este coche, en su segunda generación, viene equipado con una “modesta” pero razonable batería para el día a día de 40 kWh que homologa 270 km (llanta 17”) de autonomía en el ciclo WLTP (más realista que el anterior NEDC, aunque todavía alejado de la realidad). Suena a poco, lo sé, pero casi duplica la autonomía de aquel primer Nissan Leaf del año 2009 de solo 24 kw/h.

Cargador en la Granja de San Ildefonso

El desafío consistía en poner a prueba estos 40 kw/h de capacidad de la batería. ¿Son suficientes para hacer un viaje Madrid-Santander, de casi 400 km, con una sola recarga en el camino?

He de reconocer que soy un usuario convencido del coche eléctrico (radio de acción diario de no más de 200 km) desde hace unos años. Pero también soy escéptico y crítico ante la posibilidad de convertirlo en coche único. Llevaba meses dándole vueltas a cuándo y cómo hacer este viaje para que fuera lo más realista posible.

El consumo en autopista de un coche eléctrico aumenta de forma exponencial a la velocidad y reduce sustancialmente la autonomía, dando un varapalo a las cifras homologadas por los fabricantes. 

¡Arrancamos en silencio total con el Nissan Leaf! ¿Nos acompañas?

Batería a rebosar, presión de los neumáticos revisada y móvil cargado a tope (nunca se sabe). Anunciaban temperaturas primaverales, ideales para optimizar el rendimiento de la batería al no tener que conectar el climatizador (ya os contamos cómo afecta esto a la autonomía de un eléctrico).

Nos dispusimos a atravesar la meseta norte y subir la cordillera cantábrica por carreteras secundarias en gran parte de nuestro eco-viaje. Queríamos que nuestro pequeñín (de batería) pero con un gran corazón (150cv) conozca el mar.

Una sensación de incertidumbre me embriagó. Debe ser algo parecido a lo que siente un nadador que va a atravesar el estrecho de Gibraltar a pulmón… “¿Y si sufro un calambre en mitad de la travesía y me colapso en alta mar?”. Paradojas de la vida, la ausencia de calambre en nuestro viaje es, precisamente, lo que más me inquietaba.

Planificación del viaje con el Nissan Leaf

Planifiqué mi viaje como nunca lo había hecho. Viajaba con mi familia, nada podía quedar al azar. Los puntos de recarga, todavía escasos en nuestra geografía, convenía localizarlos por triplicado. Utilicé varias aplicaciones, una general, Electromaps, y las específicas de cada operador de recarga. Una locura, ¿verdad? ¿os imagináis tener que usar una aplicación para repostar en cada gasolinera de España?

Electromaps me fue muy útil, ya que es muy completa en cuanto a puntos de recarga y bastante fiable. Y por supuesto, conté con la ayuda de Google Maps. Sobre el papel parece fácil, a “vista de águila” hay puntos de recarga, aunque aún aparecen pocos. Habrá más, lo sé, pero la realidad dista de las promesas de recarga en este momento.

Más allá de la obsesión por los puntos de recarga, una vez en marcha, las sensaciones al volante del nuevo Nissan Leaf fueron muy buenas. Nunca había llevado un coche eléctrico tan cargado (4 ocupantes y equipaje como si fuéramos a una boda). El motor respondió sin titubeos, ya que seguía siendo sobradamente potente. Además, se movía con soltura. Sus 150 CV parecían ser muchos más y el sobrepeso no se notaba en su andar.

Primer tramo: Subida y bajada puerto de Navacerrada… y primera parada

Subiendo el puerto de Navacerrada (punto más alto de la sierra madrileña), este joven Leaf se seguía mostrando muy impetuoso. La sensación de aplomo (centro de gravedad optimizado por las baterías bajo el piso del coche) y la seguridad que transmitía al volante seguía siendo muy alta incluso en estas condiciones.

La sonrisa me delataba y mi mujer, como la sombra de la Guardia Civil “on board”, me “invitó” a ir un poquito más despacio, no por los niños que ya son grandecitos sino por la autonomía. Acabábamos de empezar nuestro viaje y todavía nos quedaba un buen trecho por recorrer.  En un coche eléctrico, las alegrías con el acelerador reducen la autonomía. 

Km 152: Aranda de Duero (área de Tudanca). El siguiente estaría a más de 50 kilómetros y nos implicaría tener que desviarnos antes de llegar a Burgos. Previa a esta parada “oficial”, sin ser necesaria, nos detuvimos unos minutos en la Granja de San Ildefonso (Segovia) que, desde hace unos meses, presume de un eco-parking techado con puntos de recarga solares.  Enchufamos unos minutos el Nissan Leaf y seguimos viaje rumbo a Burgos. 

Aquí cometí mi primer error de e-viajero principiante. Como os detallamos en el decálogo del buen recargador, pese a no necesitarla, nunca debes desperdiciar una recarga de oportunidad que se cruce en tu camino… ¡Y si encima es gratuita mejor!

Volviendo al área de recarga de Tudanca en Aranda de Duero, la empresa palentina Easy Charger inauguró recientemente tres cargadores rápidos de 50 kW y dos de carga lenta. Si las cuentas no me fallaban, este surtidor de electrones completaría una recarga casi al 100% en algo menos de 50 minutos. ¡Perfecto! Así aprovechamos para estirar las piernas y comer pero… la recarga programada dio un fallo.

El “surtidor 1″ no funcionaba bien. Como somos nuevos, tardamos unos minutos en darnos cuenta. Tras varios minutos e intentos infructuosos, los electrones no fluían por su manguera. Tocaba llamar al servicio de atención al cliente y, sorprendentemente, una operadora muy amable y capacitada me indicó que me cambiase a la estación de carga 2. Así, ella misma, de forma remota, podía activar la carga. Pasaron 20 minutos de electro-pelea y por fin nuestro sediento Nissan Leaf comenzó la recarga.

Las recargas no fallan solas. En ese mismo instante, permítanme que me extienda en este punto, pero la cosa tuvo su gracia, apareció un flamante Audi e-tron con matrícula extranjera y tres holandesas en su interior. ¡Qué casualidad! Mientras me acerqué a contemplarlo (el coche, no a las holandesas) descubrí que ellas estaban “peleándose” literalmente con la manguera y la app de EasyCharger (¿a quién se le ocurrió ese nombre? ¿carga fácil?). 

Como buenos samaritanos acudimos en su ayuda. Su aplicación (bien instalada en su iPhone) no activaba la recarga en su fase final. Como ya habíamos pasado por algo parecido minutos antes, llamé a mi “amiga” Laura de EasyCharger y, una vez más, remotamente, se ocupó de todo. ¡Y todo esto a pleno sol! Porque como ya reclamamos en EVPro, los cargadores no cuentan con algo tan mínimo con un techo. Menos mal que la temperatura aquel día era de 20º.

Reiniciamos viaje 70 minutos desde que entramos en el área de ¿descanso?  

Ya acumulamos un retraso de más de 30 minutos sobre el horario previsto y ¿52% de carga en la batería de nuestro Nissan Leaf? ¡Horror! El coche, en 70 minutos ¿solo ha cargado la mitad de su batería? Algo no va bien. El Audi, con una batería que duplica la nuestra estaba al 97%.

Esto se debe a que las recargas no siempre hacen honor a su adjetivo de “rápidas”. En esta ocasión, el responsable fue el Audi e-tron. Al estar conectado en el mismo punto de carga que nuestro coche (las otras estaban fuera de servicio),  esta se “cortocircuitó” y solo dio de comer al último en enchufar.  Bien por el Audi que salió airoso, y mal por nuestro Nissan Leaf que, inmóvil, tuvo que seguir enchufado a la máquina de soporte vital otros 30 minutos más. Mal empezamos.

Segunda parada ¿No iba a ser sólo una?

Burgos km 240: Al no haber llenado a tope el “depósito” en Tudanca y volviendo al refranero “más vale recarga conocida…”, nos dirigimos, de paso eso sí, al concesionario Nissan de Burgos donde, de forma gratuita, se puede recargar la batería (siempre que esté abierto en horario comercial). Nos quedaban solo 140 km pero dos puertos de montaña por sortear.

Otros 20 minutitos de recarga para aprovechar a darnos un paseo burgalés. ¿20 minutos?, ¡Qué sean 40 por favor! Pues bien, aquí empieza nuestro segundo episodio de novatos.  Resulta que el Nissan Leaf 40 KW no soporta bien dos cargas rápidas seguidas. Su batería, no refrigerada por líquido, se calienta y, por protección de la misma, reduce la velocidad de carga a la mitad. Total, no solo estiramos las piernas, nos recorrimos Burgos de cabo a rabo mientras  la “recocida” batería del Leaf iba recuperando kilómetros de autonomía al mismo ritmo que nuestro paseo turístico. 

Con esta parada van dos horas y media de retraso sobre el horario previsto. Eso sí, vamos sobrados de batería y el Nissan Leaf sigue yendo de lujo. 

¿Te gusta conducir?

Faros Full LED, una carretera solitaria, dos puertos de montaña, muchas curvas y un desfiladero a orillas del río Ebro por recorrer hasta llegar al Cantábrico. La noche prometía.

En total silencio y con una calidad de rodadura propia de un vehículo premium, me dispuse a disfrutar al volante de este Nissan Leaf.  Con mis hijos entre adormilados y enchufados a sus móviles, solo necesitaba mantener “distraída” a mi mujer para que bajase la guardia.  El tren de rodadura acompaña y la dirección, sin ser la más “sensitiva” del mundo, me permitió llevar un ritmo muy dinámico.

Nissan Leaf

Los frenos, con un tacto más bien difuso, regenerativos hasta 30 kW, respondían a mis exigencias “deportivas”.  Incluso por estas carreteras, preferí dejar activo al e-pedal (ya os contamos en EVPro qué es y cómo funciona).  Y con él, apenas tuve que usar el pedal físico de freno por mucho desnivel que tuvieran las bajadas. Es un vicio enlazar curvas sin levantar el pie del acelerador y frenar solo con dosificar la presión. ¿Quién dijo que el Nissan Leaf es un utilitario?

Conductium interruptus” 

De pronto, una luz naranja saltó en el salpicadero “reduzca la velocidad, la batería se está calentado”. Miré el termómetro exterior que, coronando el puerto de La Mazorra, marcaba 7º. ¿Cómo podía ser? Si un motor eléctrico prácticamente no tiene rozamiento si lo comparamos con un térmico y apenas se calienta salvo que estemos corriendo en la Formula E. Pero la batería sí: dos recargas rápidas seguidas y una carretera “alegre” parecen no sentarle bien al Nissan Leaf. 

Nissan Leaf

Más allá de estar en alerta naranja, el coche seguía yendo perfecto. Por precaución aminoré un poco la marcha y, sin perder de vista el termómetro, seguí disfrutando, pero ya no era lo mismo. No me gusta ir pendiente del display de temperatura como cuando subía por aquí con mi Seat 127 amarillo treinta años atrás. 

Gravedad regenerativa: Al bajar el puerto de la Mazorra, a diferencia de aquel 127 o cualquier coche térmico actual, un coche eléctrico no se enfría al soltar el pie del pedal y dejarlo caer a merced de la pendiente. Aquí se recicla todo y el freno regenerativo hace las veces de cargador rápido por lo que el Nissan Leaf 40 kw sigue en alerta naranja por temperatura. Eso sí, al menos la batería se va recargando, estamos ganando kilómetros de autonomía mientras bajamos.  

Nissan Leaf

Por fin llegamos a Hocinos y atravesamos su rocoso desfiladero a orillas del Ebro. A pesar de la oscuridad, entre la buena iluminación del Nissan Leaf (acabado Tekna) y la potente luna “led” casi llena, algo se deja ver por nuestro parabrisas. Tanto al coche como a mi, se nos pasó el calentón. La batería, además, dejó de estar en alerta. ¡Bien! 

Con cualquier coche actual, gasolina, diesel o híbrido habríamos llegado hace dos horas y media. Llevamos casi siete horas y todavía nos quedaba la prueba de fuego, subir el puerto de los Tornos, ya en la cornisa cantábrica. Y, desde ahí, teníamos que dejarnos caer al encuentro del mar. ¡Casi estamos! Como consuelo, no hemos quemado ni un gramo de petróleo. Además, pecamos de prudentes y tenemos carga de sobra… 

Alerta Roja: Batería a 55º

Una alerta que, precisamente, no era meteorológica. Estábamos en plena subida del puerto y, si a uno le gusta conducir y tiene kW de sobra en el depósito, lo normal es darle caña, no por querer llegar antes, si no por seguir disfrutando hasta la última curva.

Llegados a este punto candente, el Nissan Leaf se autoprotege. No te deja tirado en la cuneta humeante,  con el capó abierto, pero sí reduce drásticamente, de forma progresiva, lo cual es de agradecer, la potencia. La subida es fuerte sí, pero, salvo mi Seat 127 de los 90, ningún otro coche se me había calentado aquí, máxime cuando la temperatura exterior arriba era de solo 4º.

Nissan Leaf

A velocidad de Vespino recorrimos los últimos kilómetros hasta coronar el puerto de los Tornos (Cantabria N-629). Y ahí, una sensación agridulce se apoderó de mí. Ya tenía el viaje en el bolsillo, solo nos faltaba bajar literalmente al mar. 

Paramos unos minutos a enfriar las pilas y los ánimos. Si a 4º no se enfriaba, mal íbamos. Pasados unos minutos, llegó el milagro: el Leaf se recompuso y nos mostró a todas las rayitas de potencia requisadas en nuestro display. Aquí no ha pasado nada…

Final de trayecto: ¡Llegamos por solo 4,60 euros!

Una alegría desmesurada se apoderó de nosotros y, a pesar de los pesares, no llegamos con la sensación de estrés y agotamiento con la que solemos finalizar un viaje de tantas horas con un coche no eléctrico. 

Llevo más de 40.000 km recorridos con mi coche eléctrico pero nunca había salido de mi zona de confort (del trabajo a casa y de casa al trabajo) y creedme: tras casi 400 km recorridos “del tirón” (recargas aparte) la sensación es similar a viajar en AVE. Relax, silencio y paz. El motor eléctrico confiere una calidad de rodadura tan alta que durante este viaje, el Nissan Leaf se convirtió en un espacio libre de vibraciones y molestos zumbidos mecánicos. 

Nissan Leaf

En definitiva, bajarte tras un largo viaje y escuchar con nitidez el susurro de las olas rompiendo en la oscuridad, con un coste de 4,60 euros, mereció la pena. Pero como podéis imaginar, un Madrid-Santander no es un viaje de 1.000 kilómetros. Eso os lo contamos en el próximo episodio, ya que por delante, teníamos un fin de semana para disfrutar del coche, sin contar con la vuelta a la capital.

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